domingo, 10 de junio de 2012

CAPITULO 53







Capítulo 53
I PARTE

“adiós a la lógica, bienvenido instinto”


Este capítulo es muy especial para mí, quizá porque significa la vuelta a escribir en casa, porque es la primera vez que lo hago desde otro lugar, mi nuevo hogar, y también porque os he echado “infinidad de mucho” de menos.
Me gustaría dedicarlo a todas, porque sé que me habéis extrañado de la misma forma que yo lo he hecho. Gracias por poder sentir, que ocupo un lugar en vuestros corazones.




Nuevamente me desperté, y no sé si fue debido a la tenue luz que dejaban las cortinas jugar dentro de la habitación, o si la falta de calidez del cuerpo de Edward, o su olor íntimo que lo impregnaba todo. El hecho era que me encontraba sola y que más que nunca, después de una noche mágica, lo sentía como algo que al mismo tiempo que me dolía, lo añoraba. No es tan dañina la soledad cuando la necesitas, cuando en las ausencias de los demás, puedes verte a ti misma. Y eso era lo que verdaderamente estaba sucediendo.
Estiré la mano para acariciar las sábanas donde el cuerpo de Edward había reposado junto al mío y toqué algo que hizo que me volviera. Sobre la cama una nota. Me incorporé súbitamente para leer su contenido.
Edward, siempre conseguía sorprenderme.
“Buenos días amor... no te llamaré, no quiero despertarte, necesitas descansar, la pequeña princesa también. Vendré a recogerte, comeremos juntos. Ponte algo bonito solo para mí. Podrá acabar la noche, pero no las ganas que tengo de tí”.
No sabría explicar si eran mis manos las que temblaban sosteniendo el trozo de papel donde había ternura, complicidad, amor, hambre, o si por el contrario era mi corazón el que temblaba por los sentimientos y la forma de expresarlos de Edward....no las ganas que tengo de tí...
Tenía claro que estando a su lado podía acelerarse mi pulso, ese que galopaba sin control cuando acariciaba mi muñeca, vibrar entero mi corazón cuando podía verlo llegar y acercarse a mí lado, cuando se hacía paso dentro de mi invadiendo mi coño, se estremecían mis pulmones cuando me robaba con sus besos el aire o volcaba su respiración dentro de mi boca, también me temblaban las piernas cuando rozaba simplemente con sus dedos mi cuerpo, pero mientras Edward me amase, jamás temblaría mi alma.
Éramos dos hechos uno, débiles el uno con el otro, amantes deshechos de amor, generosos, benevolentes, pero fuertes ante el resto del mundo, conscientes de una promesa que sin ser pronunciada jamás, se había hecho patente en nuestras vidas...nadie podría romper nuestro vínculo”.
Me repetía constantemente en mi interior, que no se trataba de poseerlo todo, sino que junto a la persona que amas, no te falta nada, y eso era Edward, mi todo para ahogar la nada.
Tomé la nota entre las manos y la besé como si del mismo Edward se tratara, parte de sus sentimientos estaban allí y yo era todo lo que él necesitaba.
Mientras me dirigía al baño iba pensando en sus palabras... “algo
precioso solo para mí”..., … “las ganas que tengo de tí”...
No me tenía por una experta, pero ¿qué mujer no sabe o no intenta con sus armas sorprender a su hombre?, ¿qué mujer enamorada no acude a las pequeñas cosas que aprende a través de la intimidad para jugar?.
Yo estaba más que dispuesta a hacerlo. Adoraba las caras de Edward cuando me miraba y sin decir palabra me decía demasiadas cosas. Pero sobre todo, amaba su sonrisa, esa de la que era víctima cuando lograba de veras dejarlo completamente desarmado. Y era a lo que estaba dispuesta, a dejarlo fuera de combate.
Comenzaría por hacer una pequeña lista de puntos a tener en cuenta. Punto uno: Edward adoraba mi pelo suelto, le gustaba tomarlo entre sus manos, acariciarlo, olerlo y extenderlo sobre la almohada para luego agarrarlo y someterme. No había ninguna duda. Lo lavaría, lo secaría y lo cepillaría tanto que su suavidad lo volviera loco.
Punto dos: Los escotes. Siempre se empeñaba en que fuera vestida
¿cómo lo llamaba?, ah sí, fácil acceso. Pues se lo daría, todo lo que necesitase. Escote generoso y fuera el sujetador.
(Sonreí como una idiota al imaginarme su cara mirándome fijamente y ensanchando las fosas nasales como si quisiera quitarme el aire)
Punto tres: Poco maquillaje. Edward no era demasiado amante de las pinturas sobre mi rostro. Si bien amaba aquellos pequeños trazos en los ojos que los volvían más salvajes, no le gustaban las máscaras labiales que le impedían comer mi boca.
Punto cuatro: Tacones. Es cierto que en los últimos días y sobre todo debido a mi embarazo, parecía reticente a ellos, pero muy en el fondo yo sabía como me miraba desde la cabeza a los pies cuando iba subida a uno de esos rascacielos que yo solía maldecir cuando nadie me oía.
Punto final: Sus regalos. Esas estrellas que tanto suponían para él, porque en el fondo eran el signo absoluto de su posesión.
Comencé a reír a carcajadas cuando entre tantos puntos planteados recordé la vez que Alice, al verme arreglada para ver a Edward hizo un pequeño resumen, casualmente muy acertado, de todo lo que ocurriría cuando estuviera delante de él. No estaría nada mal que algo parecido sucediera antes, durante o después del almuerzo.
¿Cómo era capaz de recordar sin ningún esfuerzo aquellas pequeñas cosas?. Mejor no pensar ahora en ello.
El hecho de que estuviera embarazada no había constituído ningún impedimento en nuestras relaciones, aunque si era cierto que Edward era más comedido, como si temiera hacerme daño. Pero sin duda el gran cambio lo había experimentado yo misma, quien en lugar de ser menos cariñosa o receptiva, parecía permanentemente una loba con ganas de comerme a mi pareja, ¿me habría convertido en una mantis religiosa?.
Tendría que ser algo más inteligente o las muestras de amor de Edward dejarían de ser tan intensas si conociera mis propósitos.
Me duché rápidamente y esta vez sí dediqué algo de tiempo a mirarme en el espejo. No era una actividad que hasta la fecha me hubiera entusiasmado, pero notaba aunque muy sutilmente cambiar o mejor dicho evolucionar a mi cuerpo entre mágicamente asombrada y algo asustada. He de reconocerlo, supongo que esa pregunta que me asaltaba constantemente en mi interior... ¿dejaré de ser atractiva para él?... se la habrían hecho miles de mujeres antes que yo, y si era espabilada y consciente, todas habían sobrevivido, por lo que era lógico pensar, que no debía desperdiciar demasiado tiempo atormentándome.
Sequé y cepillé mi cabello con mucha dedicación, era uno de mis fuertes, uno de esos puntos que harían que mi plan funcionase a la perfección, o al menos eso intentaría. Mi plan, digamos mejor mi intención era dejar fuera de combate a un lascivo Edward, que durante toda la noche no había hecho más que sucumbir a mis deseos sexuales y que bien entrada la madrugada, posesivo y algo más que mandatario, me dijo que ya no haría más el amor, bueno al menos de una forma tradicional de entenderlo, ya que el resto de las horas que había descansado,
fueron muchas las veces que había sentido sus manos acariciar cada milímetro de mi cuerpo, convirtiéndolo en algo más que simplemente un revestimiento de piel.
Pensaba devolverle con creces sus cuidados, su ternura, su dedicación y su amor, pero por encima de todo, estaba mi necesidad de entregarle siempre mucho más, tanto como él me daba, me regalaba con cada gesto.
Nuestros juegos no eran nada comunes, ni tampoco nada extraños
entre dos personas que se aman, y si no estaba equivocada, Edward se deshacía ante mis gemidos, esos como él los llamaba ruidítos, que aceleraban, anticipaban y enloquecían su corazón, además de saber a ciencia cierta, de lo mucho que le excitaba que por momentos cambiara de ser una dócil y frágil muñeca para convertirme en una, ¿cómo debería llamarlo?, cualquier nombre podría ser apto cuando solo se trata de estar frente al hombre que lo llena todo, que lo consume todo, que lo entrega todo. Bien había llegado el momento de que todas aquellas palabras que asaltaban mi mente, pero que pareciera que no querían ser pronunciadas en alto por miedo a hacerme retroceder a avergonzarme, bombardearan mi espíritu de guerrera y me convirtieran en la mayor puta, ramera, golfa y experta de todos los tiempos.
Tenía que conseguir que este encuentro se convirtiera en algo memorable, aunque después tuviera que huir para esconder mi rostro durante décadas, pero el tiempo que durase, el tiempo que nuestros cuerpos aguantasen, no habría nada de lo que no fuese capaz.
Mi mente pareció estar de acuerdo por una vez con todos los elementos que la completaban, como si más que de un acto de reflexión se tratase, hubiese sido un pacto, y como una diosa hubiera salido victoriosa de una guerra que aún no había comenzado.
Desnuda anduve por la habitación mirándome en cada superficie que devolvía algo del perfil de mi silueta, creo que tomando conciencia por una vez, de qué como mujer era todo lo que Edward necesitaba y sintiéndome orgullosa por ello.
Ahí estaba, frente al armario e impulsivamente mis manos tomaron un vestido que había comprado motivada por las exigencias de Alice y que no había tenido oportunidad de estrenar, poniéndome siempre por excusa el hecho de que era demasiado atrevido.
Era blanco, sencillo en su corte, no destacaba precisamente porque su longitud fuera ni demasiado larga ni demasiado corta. Quizá la belleza en sí del mismo, era su atrevimiento comedido, elegante y simple en cada una de sus formas, aderezado todo en sí con un extensísimo escote delantero que más que ver dejaba todo a la imaginación.
Y ahí estaba yo, nuevamente frente al espejo, con unos tacones asesinos beigs pero maravillosos... (sin que sirviera de precedente, éstos me gustaban, eran una verdadera obra de arte, y aunque su altura casi desdibujaba el suelo, eran cómodos), … un traje que bailaba en mi cuerpo sin ajustarlo y un escote que hizo que no fuera necesario nada de colorete en mis mejillas, pero al que no iba a renunciar.
El último toque fue un golpe de aire en mi pelo suelto, algo para aleonarlo, despeinarlo, no pude por menos que comenzar a reír cuando me miré fijamente. Si no fuera porque Edward vendría directamente a recogerme, no iría vestida para matar, con pinta de golfa hambrienta, sin sujetador y diciéndole al mundo... Eh señores, voy a comerme a mi hombre y no voy a dejar nada.
Definitivamente estaba loca, las hormonas me estaban matando.
Fue entonces, al girarme cuando pude observar claramente algo que me emocionó. Mi vientre, hasta entonces totalmente plano, se abría paso dando espacio a mi bebé. Poco muy poco, como si tímidamente se quisiera hacer presente, pero allí estaba, y eso lejos muy lejos de intimidarme, me dio aún más valor. No estaba sola, ya éramos dos, la princesita de Edward y yo quienes lo atacaríamos hasta volverlo loco.
Solté el aire, acaricié mi vientre y sin dar tiempo a ningún pensamiento más, salí de nuestro dormitorio.
No fui consciente de la presencia de Petter al final de la escalera, puesto que miraba nerviosamente mi reloj intentando ser todo lo puntual que podía, hasta que oí un elogio en forma de silbido que me hizo ruborizar aún más.
No era precisamente lo que necesitaba en esos momentos, ya estaba lo suficientemente nerviosa como para esas demostraciones, pero para ser sincera algo muy dentro me dijo que no pasaría desapercibida para nadie esa mañana.Bien, que Edward se fuera preparando, porque todas mis atenciones serían para él.
Lo miré de reojo y pude ver su rostro entre sonriente y descarado.
Llevándome mi dedo a la boca le indiqué que no dijera ni una sola
palabra. Fue entonces cuando movió su cabeza haciéndome comprender que no lo haría, pero me guiñó un ojo, llevó sus manos a su corazón e hizo una mueca de rendición total. Bueno Edward llevaba sus genes, era de esperar que tuviera al menos parte de esa misma reacción.
Le devolví el gesto con otro guiño haciéndome la valiente y me dirigí hacia la entrada cuando el sonido de unas llaves me hizo volver y mirar, encontrándome frente a mi glorioso ejemplar. Dicho de ese modo pareciera que ya estaba convencida de que mi valor sería suficiente, pero no sé cual de los dos quedó más asombrado.
No podía dejar a mi cerebro pensar o estaría perdida, aturdida era exactamente la palabra. Después de disfrutar de ese magnífico cuerpo en ropa deportiva, vaqueros, camisas y camisetas ajustadas, verlo frente a mí con un traje de chaqueta gris oscuro, una camisa blanca impecable y una corbata que parecía puesta en su lugar para tirar de ella y atraerlo hacia mí, además de su olor que siempre conseguía que vibrase cada célula de mi cuerpo, fue todo lo que necesité para envalentonarme, más aún cuando vi sus ojos achicarse y sus manos inmensas reducir casi a la nada el manojo de llaves. ¡Perfecto!, un punto para mí, Edward estaba impactado y yo, y yo no podía dejar pasar los segundos o la impactada, muerta, derretida y paralizada sería yo.
Con paso aparentemente firme me dirigí hasta estar frente a él, aunque algo distante, y como si todo fuera más que natural, con mis manos a la espalda, dejando así que mi escote se abriera un poco más de lo que ya lo estaba suspiré y añadí.

_ Es usted muy puntual caballero, así es un placer tener una cita.
(Y no definitivamente contenta con mis palabras añadí)
_ Me muero de hambre.

Sus ojos me lo dijeron todo. Hablar de apetito estaba de más cuando dentro de sus pupilas se contenía toda la lujuria y el deseo contenido.
En esos momentos no había nadie más que nosotros y hubiera apostado cualquier cosa, a que las risas de Petter que se oían en la distancia, cada vez más lejanas, eran el eco del mundo despidiéndose y celebrando lo que estaba por suceder.
La chispa detonante fue ver como Edward tragaba saliva y su garganta le dejaba paso entre bocanada de aire y aire para contener sus emociones.
Me disparé a él como una loca, tomé su corbata con una mano y tiré hacia mí acercando mi cuerpo todo lo que pude al suyo. El roce de la solapa de su chaqueta sobre mi piel, el aroma de su colonia, el calor de su aliento y las brasas de sus ojos hicieron el resto. ¡¡¡El beso!!!. Dios debía estar ocupado en otras cosas, porque todos los pecados capitales se reunieron para que nuestras bocas desearan, murmuraran, atacaran, comieran, bebieran y gritaran festejando, encontrando un lugar donde la conciencia dejaba de serlo para llamarse instinto, supervivencia.
Eso éramos, dos supervivientes que se sostenían por amor, que lucharían por él, y que no se rendirán jamás por muchos obstáculos que encontráramos en nuestro camino juntos.
Cuando Edward me besaba con esa necesidad que parecía consumirnos a los dos, no podía pensar, solo me dejaba llevar por su boca, porque la mía adquiría vida propia y aunque me empeñaba en manejarla era una labor imposible de llevar a cabo. La lengua de Edward me poseía por dentro, me consumía por fuera y como si nuestros cuerpos reconocieran todo tipo de danza en un único y universal lenguaje, me vi envuelta en sus brazos, balanceándome y agarrándome fuertemente a él para no caer. La gloria debía ser un sitio muy parecido a ese en el que estaba ahora mismo, podría jurar que no sentía el resto de mi cuerpo más
que para llegar a notar como se sublevaba y toda yo era necesidad.
Mis pezones erectos, mi piel erizada, mis piernas temblorosas, mi boca ardiendo, mi vientre tenso y mi coño llorando.
Podría parecer suficiente, pero no lo fue, hubo más, sobre todo cuando sentí la mano de Edward abarcar por completo mi culo y apretarme contra él sin que el concepto espacio tuviera definición conocida y más aún cuando su otra mano se enrolló en mi pelo y se apoderó de mi nuca, haciendo que su dedo pulgar acariciara mi garganta.
Una descarga eléctrica, yo diría que más que espectacular recorría todo mi cuerpo, y no dudaba que en cualquier momento pudiera ser electrocutada, sobre todo cuando sin medir las consecuencias restregué mi cuerpo contra el suyo, notando como su polla era la dueña de todo.
No sé si me mandó algún mensaje, pero yo recibí claramente una orden...ATÁCAME...
Y claro que lo haría, volví a repetir ese gesto, deseando,no mentira, implorando en mi interior que aquello me llevara al borde del precipicio donde estaba a punto de dejarme caer. Y fue entonces cuando el gruñido de Edward dentro de mi boca me llevó a morder la suya con tanta ansiedad que las palabras que me dedicó hicieron de mi valor mi bandera.

_ Me estás consumiendo fiera, para, para un poco, ten compasión de mí.

¿Compasión?, estaba listo si pensaba que le daría tregua.Aprovechando sus palabras me giré sobre mis tacones y comencé a bambolear mis caderas dirigiéndome hacia la puerta de salida, cuando sentí una cachetada en mi nalga izquierda. Si creyó que eso me detendría, estaba muy equivocado, porque si es cierto que picaba, pero mucho más alerta puso a todos mis sentidos que pedían por más. Volví mi cara y escuché.

_ Si no dejas de mover ese precioso culo, no saldrás viva a ninguna parte.

Y no sé lo que podréis pensar, pero mi contestación fue la correcta ¿o no?.

_ Señor mi otra nalga se siente algo celosa, ¿podría usted hacerme el honor?

Y sin parar mis movimientos, reconozco que muy insinuantes, bajé los tres escalones que me separaban del vehículo de Edward, sin esperar que me abriera la puerta, planté como una lechuga fresca mi glorioso culo sobre el asiento mientras me miraba descaradamente en el espejo simulando retocarme el maquillaje.
No sé si estaba consiguiendo ganar algo, pero lo que si estaba ocurriendo es que en mi interés de conseguir desarmarlo por completo, yo estaba calentándome a rabiar y que con cada gesto de Edward yo me sentía más poderosa y consentida, y mi cuerpo pedía más y más sin que pudiera establecer los límites.
Miré a través de su ventanilla para verlo aún parado en la puerta, inmóvil como si no le hubiera dado tiempo a reaccionar y no pude evitar hacerle una señal con mi dedo indicándole que se acercase a mí.
Y el efecto llamada fue inmediato porque sin darme cuenta lo tenía sentado a mi lado, tomando entre sus dedos los míos y llevándolos a su boca para lamerlos.
¿En qué momento de todos los que había pensado en este juego llegué a creer que podría superar esta prueba?.
Edward era salvaje, instintivo, deseoso y yo diría que muy carnal, demasiado carnal y el apetito sexual se disparaba en él como si de una válvula de oxígeno se tratara. Había soltado a la bestia y ahora ¿qué?.
Rendirme era impensable, continuar una locura, pero la única opción viable cuando esperas poder terminar abierta de piernas, con el corazón en un puño, sin encontrar aire, con la piel y el cuerpo quejosos y el alma gloriosa como única parte viva. Y mi mente, seguramente que muy trastocada por todo lo que estaba sintiendo, decidió continuar y lanzarse a la deriva.
Fui una sinverguenza cuando pronuncié las siguientes palabras mientras lamía mis dedos.

_ Su lengua señor debe tener poderes, porque aunque lame mis dedos, siento el placer aquí... (y con una desfachatez nada conocida por mí, señalé mi entrepierna y lamí mis labios, para continuar señalando mis pezones, rozándolos con las yemas de mis propios dedos).

Ahora sí que ví el sometimiento y la rendición en sus ojos, la rendición absoluta a un placer que daba igual a donde lo llevara, siempre que fuera junto a mí.
Más poderosa aún y no sé como podría jurarlo, nadie nos enseña a ser unas golfas y unas ninfas de la maldad erótica, me enderecé en mi sillón mirando al frente y sin parecer estar demasiado alterada continué con mi mortal castigo verbal.

_ No me gustaría que lo agotara todo señor, espero que deje lo mejor para los postres.

Juró que el gruñido de Edward se convirtió en un grito ahogado, que lo hizo como un demonio, o mejor aún como el ogro que era, y nunca un ruído tan salvaje causó un efecto tan sensual en mí, que comenzaba a notar mi coño húmedo, abrirse y contraerse como si de esa forma pudiera sentir el placer de tenerlo dentro.
Lo siguiente que escuché fue el rugir del coche y su respiración agitada.
¿Dónde estaban las palabras de Edward?
Ja, muy probablemente se había quedado sin ellas al ver que yo era la ganadora absoluta del premio al diccionario.
Lentamente, muy lentamente crucé mis piernas colocándolas estratégicamente en una posición en la que mis muslos quedaban expuestos para él.
No lo supe hasta que detuvo el coche, y de alguna manera, no sé como, ya que iba demasiado ocupada en mis movimientos, me encontré en una carretera desierta, y fue justo allí donde abordó parte del arcén, subió mi vestido, arracó mis bragas, miró mi cara y hundió la suya entre mis pirnas para proporcionarme una comida de coño como jamás hubiera pensado que podría existir.
No sé si estar en medio de una carretera aunque no hubiera nadie,
el aire libre, el no poder bajar del coche, el poder gemir tan fuerte que escucharme fuera hasta doloroso, el escuchar su lengua sobre mi clítoris y dentro y fuera de mí, hizo que mis ruidítos fueran gritos, que espantaron a todos los pájaros que estuvieran en mi radio. Lo único con claridad fue ver subir su rostro hasta el mío, besarme y decirme.

_ A veces me gusta comenzar por los postres.

Y yo haría un juramento ante el mismo diablo para no impedirselo jamás.
Tan delicado y dulce como siempre, besó mi boca, cerró mis piernas, bajó mi vestido y me acuñó a su costado para volver a encaminarnos hacia, ¿dónde íbamos?. Daba igual donde fuese que me llevase iría a cualquier parte.
Definitivamente tanto juego verbal sólo había conseguido que perdiera mis fuerzas y que consiguiera un extraordinario orgasmo que nos dejó a ambas a punto de un merecidísimo descanso.

_ ¿Ya no hablas?

No, no hablaba, pero pensaba, necesitaba algo de tiempo, aunque fuera unos minutos para volver al ataque y podía empezar acariciando su polla por encima de su pantalón. Llevé mis manos hacia su polla y la acaricié muy despacio, no quitó la vista de la carretera, pero su rostro dibujó una preciosa sonrisa.

_ Indiscutiblemente esta cita va a ser muy interesante.

Y no lo ponía en duda, ambos nos encargaríamos de que así fuera.
Decir que llegamos relajados al restaurante sería mentir para ser
condenados eternamente en el fuego del infierno, y más aún cuando era ahí precisamente donde nos encontrábamos, al menos hacia el mismo calor.
Edward retiró mis manos de su polla, me imagino que la acomodó de alguna manera bajo sus pantalones, o eso pensó, porque no podía ser más evidente su excitación. Tomó sus manos entre las mías, las besó y respiró varias veces profundamente intentando recuperar de alguna forma parte del control, paró el contacto y sus palabras sonaron tan insinuantes como precisas.
Estaba más que claro que ahora no me sentía tan valiente.

_ Desearía poder desconectarte ahora mismo o daremos el mayor
espectáculo de la historia.

¿Desconectarme?
¿Pensaba Edward que por haberme hecho sentir un esplendoroso orgasmo con su boca, ya me había dejado servida?. Ohhhhh, la noche prometía mucho más de lo que imaginé en un principio.
¿Bruja?, jajajajaja, ¿no era así como me llamaba?, pues le demostraría que lo era, y una con mucho poder.
La entrada en el restaurante fue triunfal o al menos esa era la cara que llevaba mientras montones de ojos curiosos me miraban. Supongo que por mucho que Edward quisiera recomponer mi vestido y mi cabello, éste seguiría dando signos de un maravilloso ejercicio, pero sobre todo lo más importante es que me paseaba entre las mesas de uno de los restaurantes más conocidos de Londres sin ropa interior gracias a Edward. Es por lo que quise recordárselo de alguna forma y contoneé mis caderas todo lo que pude mientras una de mis manos fue hacia mi culo con intención, no de ocultar mis andares, sino de recordarle que en algún lugar del coche se encontraba una prenda que él había estimado nada necesaria.
Sentí su aliento en mi nuca y sus palabras muy cerca de mi cara, mientras una de sus manos se unía a la mía en la espalda para propinarme un escandaloso pellizco.

_ Si pretendes seguir jugando al menos hazlo limpiamente o no tendré elección.

_ ¿En qué estás pensando exactamente?

No era casi necesario que me lo dijera, sabía lo que estaba deseando, follarme como un loco, más cuando su polla se estampaba sobre mi culo sin ningún pudor.

_ Tengo dos opciones. La primera y más rápida sería tumbarte sobre cualquiera de las mesas y meter mi polla duramente en tu coño sin que fuera necesario quitarme los pantalones ya que vas muy pero que muy accesible, pero tendríamos demasiados espectadores.

_ ¿Y la segunda?

Sus ojos me miraron sin compasión, estaba desesperado, lo había llevado al límite y el ogro me devoraba con la mirada. Estupendo, era lo que buscaba y ya lo tenía frente a mí.
No tenía ni idea de cuanto poder sensual, erótico o como quiera llamarse, tenía excitar a Edward en cualquier parte. Hasta ahora me había limitado a ser algo atrevida en la intimidad, pero cuando la gente parecía rodearnos, ver la parte del animal que había en él cuando se trataba de poseerme, me hacía sentir mucho más poderosa.
Seguí mirándolo a los ojos, esperaba que ellos me dieran como siempre las respuestas de sus deseos, y la encontré. Y ante la misma solo pude sonreír con una media carcajada que solo consiguió excitar mucho más a Edward.
Para ser sincera sabía lo que estaba soportando, y no creo que fuera nada bueno que su necesidad fuera aumentando, a no ser que quisiera que el pantalón reventara y no le diera alojamiento a su polla nunca más.
Me acerqué un poco a su cara y sin rozarlo demasiado, sin gesticular apenas con mi boca, sin dejar de mirar dentro de sus ojos le dije:

_ La segunda te la diré yo. Retrásate unos segundo y ven al baño. No me hagas esperar demasiado, estoy más que preparada para tí.

Los ojos de Edward se abrieron, no sé si para decirme...estas locas...,... voy enseguida...,...me muero nena..., o simplemente porque estaba asombrado, estupefacto diría yo, pero todo mi cuerpo saltaba por tenerlo dentro de mí, y yo no soy de las que luche permanentemente por controlar las tentaciones, al menos en mi estado.
Mis tacones, todo lo que llevaba a parte de mi vestido, me hicieron girar y volví a la carga,

_ Edward, te necesito.

No volví a mirarlo, pero su respiración me lo dijo todo. Fue tan brusca que pude sentir su aliento sobre mi nuca y mi cabello bailó con ella.
Relenticé algo mis pasos, no quería darle demasiado tiempo a pensar solo a que sintiera mi necesidad con cada golpe de cadera que iba pronunciando cada vez más, cuando sentí su mano abierta sobre mi espalda, o más bien mi culo diría yo, justo ante la puerta de acceso a los baños. Un empujón fue suficiente para hacer que ambos nos
encontráramos solos dentro y que mi cuerpo estuviera contra la puerta del mismo. Su boca mordiendo uno de mis pechos mientras que sus manos abrían la cremallera de su pantalón liberando a su guerrero más invasor y desesperado. Mis manos subieron mi vestido, que por cierto parecían haberse estrechado y mantener una lucha con el tejido por llegar a algún lugar. Pero Edward las tomó con una de las suyas, mientras que con la otra tomó su miembro y con una certera estocada llenó completamente mi coño.
Quería mirar sus ojos, pero mi curiosidad por ver nuestros cuerpos de esa forma, amándonos desesperadamente, con el deseo de comenzar y acabar lo que ambos gritábamos repartido en a misma proporción pudo conmigo y lo que vi proyectado en el espejo, muy lejos de espantarme de avergonzarme, sólo hizo aumentar mis ganas.
Edward era un hombre cuya masculinidad lo llenaba todo y nuestro reflejo solo hizo devolverme la imagen de un hombre enamorado, de un animal carnal , primitivo y deseoso al que amaba con toda mi alma.
Apenas si podía ver su rostro que se escondía entre mis pechos proporcionándoles placer a ambos con su boca, mirar su cuerpo moverse contra el mío, una de sus manos acariciar mi muslo y buscar de manera maligna mi coño para enredarse en mi clítoris y la otra sostener sobre mi cabeza mis brazos. Quería tocarlo, necesitaba con todas mis fuerzas tocar su espalda, sus hombros, su boca, necesitaba hacerlo tanto como respirar...

_ Edward, Edward, déjame tocarte.

Un gemido fue la respuesta mientras mi cuerpo seguía recibiendo envites y atenciones exquisitas del suyo. El juego se había vuelto una necesidad de ambos por satisfacernos y satisfacer al otro. No era más que eso, necesidad de amarnos en cualquier parte, todo. Y el resto de las palabras salieron solas, como si mi boca estuviera mucho más preparada que yo.

_ Follame la boca.
_ Nenaaaaa.

Su grito fue ahogado en mi cuello,más bien pareciera estar pidiéndome socorro por aquella palabras, pero no le dí ninguna otra posibilidad. Esta vez no habría ni primera ni segunda. Mi cuerpo respondió por completo y sin poder contar apenas el tiempo que tardé, me encontré de rodillas entre sus piernas engulléndolo por completo.
Mirar su imágen, apoyado contra la puerta del baño, apretando sus ojos intentando controlar lo que era inevitable, sentir las venas de su verga inflamarse dentro de mi boca, su respiración llenándolo todo, hizo que mis movimientos se aceleraran hasta el punto de no saber si eran dirigidos o por sí solos llevaban esa carrera hacia la meta. Era una posesa del placer pero Edward era demasiado rápido y sus reflejos increíbles y me vi sobre el mármol del lavabo anclada completa y profundamente a él.

_ Para tu boca tengo otra cosa.

Y metió su lengua en ella, simulando la mejor y más maravillosa de las folladas que mi mente fuera capaz de crear.
Y nuevamente fin de la historia, porque a partir de ese momento mi cuerpo ávido de sentir, muerto por llegar a casa, no soportó ninguna imágen más. Cayó en picado en la oscuridad más hermosa de todas y se dejó flotar para solo sentir las manos de Edward sobre mis caderas impulsarme más hacia él oyéndolo decir.

_ Aquí lo tienes nena, es sólo para tí.

Intentar explicar como me sentía satisfecha, feliz, plena y muy grande, aunque completamente desmadejada, sería no decir exactamente cual era mi estado, porque no se puede definir nada cuando estás llena de todo, o al menos eso es lo que yo pensaba.
Seguía teniéndolo dentro, como si no hubiera otro lugar para él más
importante, como si todo se pudiera romper o acabar cuando saliera de mí, y en un gesto aún de mayor posesión, rodeé sus caderas con mis piernas y apoyé mi cabeza sobre su hombro, la escondí en su cuello.

_ No me hagas ésto nena.Princesa quiero amarte, quiero tener tiempo para disfrutarte y tú te empeñas en que todo sea demasiado rápido. Déjame quererte como te mereces mi vida.
Si Edward pensaba que lo que habíamos hecho no era digno de mí, no tenía ni idea de las intenciones que yo tenía para el resto del día.
Las veces que me había llamado bruja deberían haberse convertido en hada, porque yo no conocía aún el alcance de mis deseos.
Levanté mis ojos entre asombrados y furiosos.

_ Edward, siempre, todo en cualquier parte.

Sonrió levemente pero no sentía que estuviera satisfecho con lo que había sucedido, como si pensara que su descontrol nos había llevado a hacer algo nada comedido. ¡ A la mierda con tanto medir los actos de amor!, esos actos de deseo que nos llevaban a dejar toda aquella intimidad reservada solo para cuando nadie parecía rondarnos.
Definitivamente no me estaba convirtiendo en una exhibicionista, pero no estaba dispuesta nunca más a esperar y esperar a que todos los astros estuvieran debidamente alineados para amarlo de cualquier manera.
Oí de su boca palabras que no solo hicieron ensanchar mi corazón, sino sobre todo del esfuerzo que Edward hacia por controlar sus instintos. Su frente se unió a la mía.

_ Vas a buscarme una ruína,me ciegas y pierdo el control de lo que debo, de lo que puedo hacer. Olvido que estás embarazada que podría hacerte daño. Mira donde estamos, hay gente ahí fuera, la misma que podrá opinar de ti cosas sin saber que nos amamos con locura, que eres mi esposa, que pasamos momentos difíciles, complicados y que si pudiera ahora mismo te llevaría lejos muy lejos de aquí para que solo fueramos nosotros y el resto del mundo no importara nada.

_ Y no importa nada Edward.

Levanté su rostro para que me mirara, para que supiera que mis palabras, esas que había pronunciado tenían sentido.

_ Amame Edward, tú solo ámame, no tengo un seguro de vida para los sueños, no sé lo que puede suceder mañana, así que ámame siempre como ahora.
Y sus ojos brillaron tan intensamente que casi me cegaron. Creo que Edward más que nunca necesitaba oír esas palabras, pedía a gritos que las dijera, que le mostrara que mi amor tampoco tenía límites.
Besé muchas veces su rostro y como un niño pequeño que adora los mimos, se dejó besar por mí, diría que casi un millón de veces, sin interrumpirme, sin parar mis pequeños besos, esos que iban cargados de toda la ternura y el deseo de consuelo que una mujer amante puede abarcar.
Carraspeé mi garganta e intenté recomponerme de aquel estropicio maravilloso que había sucedido minutos antes. Inevitablemente no tenía arreglo posible.

_ Estás preciosa.
_ Tengo un hombre maravilloso que hace que cada día me sienta más hermosa.
Tomé su mano y salimos como dos ladrones del baño, mirando a todas partes, buscando el momento adecuado para escabullirnos. No me importaba realmente que me vieran, era más el juego que manteníamos que el ser vistos realmente.
Nos acomodamos en la mesa reservada para nosotros y aunque me
sentía más que satisfecha físicamente, mi mente no dejaba de lado el plan tramado.

_ Espero que ahora venga la comida de verdad, hemos agotado tú los postres y yo los entremeses.

Su carcajada fue genial he hizo como siempre que volviera a modo loba, esa sonrisa, esa boca, esos dientes, dios.... Definitivamente algo me estaba ocurriendo.

_ ¿Edward?
Mis ojos lo miraron con picardía.
_ Dime princesa, dime lo que estás pensando.
_ Hace poco que he comenzado a recordar momentos dispersos, no tienen nada que ver unos con otros, es como si fueran pequeños flases de instantes vividos, sobre todo porque siempre apareces tú como protagonista.
_ ¿Debería sentirme halagado?
_ Puede.
_ ¿Cuales han sido esos momentos?
_ Hay uno en particular que me gustaría repetir.

Fue perfecto como aún sin saber a cual me refería casi se atraganta con su copa de vino. No solo habían sido mis palabras las que lo habían hecho reaccionar de esa forma, sino que además mientras que las había pronunciado, como una experta buscona, había llevado mi pie a su entrepierna para así captar todo tipo de atención.
Y como siempre me sorprendió. Su mano se dirigió a mi pie y comezó a masajearlo bajo la mesa.

_ Esta cita va a ser más que memorable. Si llego a saberlo princesa, medio Londres conocería ya nuestros encuentros.
_Pues no lo olvides, me gustan las comidas desordenadas.

Esta vez su carcajada hizo que muchas miradas se dirigieran a nosotros.
Bueno mejor pensar que nos miraban por las risas en voz alta que por las incursiones que mi pie hacia en esos momentos.
Hablar de fuego es normalmente referirse a llamas, calor, intensidad, pero a veces olvidamos los temblores. Sí temblores, esos que sentí cuando la mano de Edward acarició la parte interna de mis muslos y mi cuerpo entero se enderezó en la silla esperando su llegada a mi cueva, sin embargo bajó lentamente hasta mi rodilla luego a mis tobillos y acabó en mis dedos.

_ Ahora lo has entendido.Nunca será suficiente.
Y mis ojos se estrecharon para dar aún más profundidad a mis palabras.
_ Nunca.

Había vuelto al juego y esta vez deduje por los gestos de Edward que estaba dispuesto a ir a por todas. Estupendo, eso estaba bien, porque no me gustaba combatir con adversarios débiles. Los fuertes eran los que siempre sacaban lo mejor de mí.

_ Volvamos a ese momento que tanto rememoras.
_ Claro lo recuerdo detalladamentte. Fue aquel día en tu despacho cuando todo mi cuerpo vibró ante tus manos, donde tus caricias me hicieron hacer excursiones directas al cielo y después al infierno. Tus besos devoraban mi boca y tus palabras me hicieron poseer la gloria. Esa ventana tuya me trae precioso recuerdos.

Diría que dos ascuas de fuego se depositaron en mis ojos o mejor aún que me atravesaron haciendo que no viese más que a través de ellos, los sentimientos de Edward, con tanta claridad que todo en mi fue una fiesta.
Edward también lo recordaba y en esos momentos estaba viviendo cada una de las cosas que ocurrieron aquel día al igual que yo.
Mi rostro traicionero tiño mis mejillas de rojo, porque súbitamente la cara de Edward esbozó un gesto de triunfo y yo comprendí todo. Edward adoraba profundamente la timidez que a veces se apoderaba de mí en medio de tanta valentía, de tanto descaro.

_ No creas que este sonrojo podrá conmigo, estoy dispuesta a ganar la batalla aunque me deje la vida en ello.
_ No lo he pensado ni por un momento bruja, pero ese color rojo en tus mejillas me hacer perder la compostura, digamos que ahora mis manos si podrían acaricias tu precioso coño.

Tosí como una loca. La intensidad del juego estaba subiendo y lo mismo me mostraba su parte más dócil que se envalentonaba mostrándome sus garras.
Nunca me había gustado luchar en segunda fila.Puede que los valientes vivan menos, pero los cobardes no viven jamás, no al menos la clase de vida que yo quería para los dos.

_¿Nerviosa?

Si pensaba que le iba a contestar que sí andaba muy perdido.

_ Definitivamente no, pero sí muy excitada.

Y con esas palabras acompañé mi pie hasta apoyarlo justo en su polla.
Si alguién pretende ganar las guerras siempre tiene que vencer al
enemigo más fuerte, y esta vez ese enemigo estaba más que entregado.
Movimientos lentos sobre aquel arma letal la hicieron despertar rápidamente, mientras que Edward no dejaba de suspirar y ohhh, sus fosas nasales estaban literalmente abiertas tomando aire para contener palabras sucias, estaba completamente segura de ello.

_ Vamos, no te contengas cariño, puedo entender tu lenguaje.

No se que hubiera pasado si entre tanto tira y afloja, entre tanta necesidad de provocarnos no hubiéramos sido conscientes de la presencia del camarero que nos acercaba el pedido y que muy amablemente se mantuvo ciego y sordo y solo nos dedicó una sonrisa que parecía decir...o vi nada... no oí nada...

_ ¿Por qué no comes y callas un ratito?

Por supuesto que lo haría, comería, pero de esa forma en la que Edward se relamía su boca cada vez que veía como yo chupaba o lamía mi cuchara, o bebía de mi copa o suspiraba ante los platos que me hacían cerrar los ojos para degustar cada ingrediente. Y algo tuvo que notar en mi forma de mirarlo porque no tuve tiempo de comenzar con mi juego.

_ Para princesa para. Hagamos un trato. No tengo la menor duda de lo que pretendes y no se hasta que punto puedo y quiero controlar una más de tus provocaciones. ¿Qué te parece si paramos, si establecemos un tiempo de paz.
_ ¿Cómo de larga?
_ ¿Tienes hambre?
_ Mucha.
_ Yo también, demasiado ejercicio antes del almuerzo.
_ Es un ejercicio muy reconfortante.
_ Yo diría que el mejor.
_ No me gustan las paradas, las treguas solo conducen a concluir de una manera que no era la esperada.
_ ¿Eso crees?
_ Sí estoy segura de ello.
_ Pues oyeme bien. No dudes de donde acabaremos hoy, en mi despacho, delante de la ventana, en mi escritorio o mi sofá, donde pienso follar tu boca, tu coño y tu culo hasta que me pidas parar.

Y nuevamente la loba, la sinverguenza que se había instalado dentro de mí habló.

_ ¿Por ese orden o puede variar?

Esta vez Edward gruñó muy alto y que lo disimuló tomando su servilleta acercándola a su boca, mientras que yo como una verdadera zorra seguía acariciando con un pie más que experto su polla que gozaba de mis movimientos y que pedía por más magníficamente colosa.

_ Por favor nena, estoy al borde de un desastre.
_ ¿Te rindes?
_ Contigo, jamás.

Y mi culo avanzó posiciones en la silla adelantando mi pie para continuar sometiéndolo. Vi sus manos arañar el mantel, y su garganta tragar saliva, bajar la vista y cerrar los ojos. Si todas esas señales eran lo que me estaba imaginando Edward estaba en un gran problema y yo había sido la culpable de toda aquella anarquía.
Y como quien también da soluciones a los problemas planteados, separé mi pie lentamente para como por error golpear la mesa y hacer que parte del contenido de su plato se derramase sobre su pantalón.
No sé si fue una solución acertada, pero al menos aquel estropicio no daría señales eróticas de existencia y ante los ojos de los demás, todo quedaría como un incidente muy corriente.

_ Espera y verás.

Esas fueron sus palabras, y yo esperaría claro que lo haría, porque sabía a ciencia cierta que Edward cumplía todas sus promesas.
Fui una chica buena y responsable durante el trayecto en coche a la oficina, incluso resignada diría yo, pues en más de una ocasión controlé respuestas salidas de algún resquicio de mi alocada mente, con un solo fin, no tener un accidente con alguna provocación más a Edward. Pero el campo estaba sembrado, mi hombre no demoraba en llegar hacia el lugar donde se libraría la verdadera guerra de voluntades y a decir verdad, yo deseaba con todas mis fuerzas que aquella guerra de amor comenzara cuanto antes.
Nada que exista ni se pueda comparar fue la cara de Lara cuando nos encontramos al dirigirnos al despacho de Edward. Las mujeres tenemos un sexto o séptimo sentido, no se en que orden puede encontrarse, pero lo ciero es que cuando observó como Edward tiraba de mi mano como si de una alerta de fuego hubiera sido anunciada,... y hasta cierto punto íbamos ardiendo,... ésta se separó de nuestro camino con un saludo cortés y simulando tener demasiada tarea pendiente.
Uffff, habíamos llegado al lugar donde los guerreros han establecido levantar sus armas, y si había pretendido llevarme agotada, lo había conseguido.
Horas antes pensaba que mis tacones eran cómodos, en esos momentos no deseaba más que sentir la planta de mis pies en paralelo al suelo, sin alturas por medio que desequilibraran mis fuerzas. Y fue lo primero que hice, descalzarme y por lo tanto perder altura. Me sentí increíblemente pequeña ante un Edward gigante y coloso y mucho más que dispuesto a aprovechar cualquier ventaja sobre mí. Y lo hizo. Sus brazos me acorralaron sobre la puerta del despacho, sus ojos se instalaron en los míos y su boca, aún con un olor a ambrosía de chocolate me hablaban para hechizarme.

_ Elige el orden y el lugar, es lo único en lo que te conceré alguna
ventaja.

El concepto de derretirse como viene establecido es consumirse, dilapidarse, morirse lentamente, cambiar de estado. Creo que en esos momentos todos me asaltaron. Estaba muriéndome literalmente de amor por mi hombre, por el único capaz de hacer que cada vez que me tocaba el mundo adquiriese otro sentido para ser mi mundo, nuestro mundo.

_ Me encuentro en desventaja.
_ Nunca frente a mí amor, tú solo tienes que pedir, yo estoy aquí para cumplir todos y cada uno de tus deseos, quiero hacerte feliz, solo eso.

Cerré los ojos para que esa palabras se dibujaran una y otra vez delante de mí. “cumplir todos y cada uno de tus deseos”... “hacerte feliz”.
¿Podría alguna vez un hombre decir de una forma más hermosa y real cuánto es capaz de amar a una mujer?.
No era el momento para ponerse tierna y mucho menos romántica. Con Edward no podría luchar jamás, el tenía todas las respuestas, todo lo que mi alma necesitaba para saltar, para hacerme libre, para desear cumplir todos mis sueños. Así que no me quedaba más remedio que volver a desempeñar el papel de mujer fatal, porque esa era la única forma en la que yo podía estar a su altura, cumplir todas sus fantasías. Y una frase últimamente muy conocida por mí también se dibujó en letras mayúsculas...AL ATAQUE...
Siempre he pensado que la seducción femenina va mucho más allá de la persuasión y de esa mezcla entre la estrategia y la animalidad que logra que a una mujer se la mire, se la escuche y se la admire. Tiene que ver quizá con algo más intangible, el ser sin estar, algo parecido a la ausencia, como un olor que puedes percibir, pero no tocar, que a veces resulta invisible.
Y yo estaba dispuesta a estar sin ser vista, a que me sintiera por todas partes sin que me notara, a rendirme a rendirlo, a pedir por más sin voz y a suplicar que parara. Yo sería la ausencia absoluta de todos sus problemas y solo quedaríamos uno frente a otro y nuestra necesidad de rodillas ante nuestro amor.


Bueno chicas hasta aquí la primera parte.Os aseguro que la segunda, además de ser igual de larga estará en la misma línea de intensidad, o quizá incluso más. Bella ha despedido definitivamente a la lógica con un adiós rotundo y su instinto de mujer enamorada no conoce paradas.

1 comentario:

  1. Wao, no hay palabras para describir este capitulo, creo q la q mas se hacerca es soberbio. amiga quede con ganas, Que Bella toda una mata hari. me encanta lo haces muy bien te felicito. estoy deseando la segunda q pasara en esa oficina, waooooo. favor publica rapidito.
    Besos desde Panama

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